La primera vez que pisas el desierto como está mandado, no se olvida nunca. Y no me refiero al desierto donde a lo lejos ves un pueblo… ni a un grupo de dunas a las que te acercas un dia de excursión en un 4x4 mientras una bailarinas preparan un show… Ni al desierto con chiringuitos para comprar souvenirs. Me refiero a respirar el desierto.

 

 

 

 

Ese desierto se puede sentir en muchos lugares del planeta, por citar algunos: Libia, Marruecos, Chile… Pero yo en concreto, me refería al sur de Argelia, en pleno Sahara. Viajar allí al menos una vez en tu vida, os aseguro que es una de las mejores curas antiestres que existe. Yo por aquel entonces, hace unos añitos,llevaba semanas de nervios, ansiedad, preocupaciones…tenía muchísimo trabajo en esos días, sumado a situaciones personales que me preocupaban…y justo entonces, surgió la oportunidad. Mi corresponsal Miquel, que llamó para plantearme si quería ir junto a un grupo de viajeros...y no me lo pensé dos veces. También se lo propuse a Natalia, del equipo de la agencia y no tardó mucho en dar el “si, quiero” ;-).

 

 

Y concretamente, viajamos rumbo a Tamanrasset,para desde allí empezar nuestro recorrido hacia una zona más al sur llamada Tassili n’Ajjer. Es un paisaje casi desconocido en las grandes ligas turísticas, pero reconocido como Patrimonio de la Humanidad desde el año 1982. En pleno desierto del Sahara, emerge un área montañosa con un montón de maravillas: un bosque de cipreses en la arena, zonas arqueológicas, y sobre todo, increíbles formas de arenisca erosionadas, de lo más curiosas y llamativas. Por todo problemas de terrorismo que acarrea esta región del país fronteriza con Mali, a fecha de hoy no es nada recomendable ir… ojalá que mejore en breve!

 

 

 

 

Caminar por las dunas al amanecer o al atardecer sin rumbo fijo, sentir la inmensidad de la arena en tus pies, llegar con el todoterreno y que tu única preocupación sea pensar hacia que estrella de las miles que verás, vas a orientar tu colchoneta para dormir esa noche. Y a sentir como el repiquetear de las palmas de las manos (de los descendientes de tuaregs que nos acompañan) en los bidones vacíos (que hacen las veces de tambores nocturnos improvisados) provoca un eco en las rocas que vuelve a ti por triplicado..y hasta asusta de lo potente que es…eso y mucho más es sentir el desierto: el silencio absoluto, la inmensidad, el respeto a lo desconocido, la belleza de lo que no está “tocado” por el hombre… Mientras tanto no podamos ir, disfrutemos de sus fotografías y recuerdos… que no es poco…

 

 

Si queréis más información podéis consultarnos por correo electrónico a info@insolitviatges.com, teléfono o directamente en nuestra oficina.

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